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Qué es un Sketchbook

 El Sketchbook, o cuaderno de bocetos, es un bloc que lleva el artista o aficionado cuando sale del estudio. Tiene alguna característica básica. Aunque los hay de muchos modelos y calidades, lo idóneo es que tenga tapa dura.

Cuando estamos en la calle o en medio de la naturaleza no hay mesa. Debemos poder apoyar sin que se nos arrugue el papel. Por otro lado, dependiendo si vamos a dibujar o a pintar con acuarela, necesitaremos un tipo de papel de mayor o menor gramaje. Si vamos a hacer apuntes, elegiremos un papel de grano más fino y menor gramaje, pero en cuanto entra en juego el agua, hay que ir subiendo el gramaje y la calidad. El papel deberá tener mayor consistencia. Si es posible libre de ácidos para que resista mejor el paso del tiempo, que es lo que yo quiero.

<alt="Sketchbook Malasaña Madrid"/>
Sketchbook - Madrid - Malasaña
Macarena Márquez Jurado
www.macuarela.com

Hay veces en que pintamos sentados sobre una piedra, en la arena de la playa o la tumbona, sobre una silla plegable, en un poyete o banco. Nuestra mesa normalmente son nuestras piernas, por eso la tapa dura del cuaderno es fundamental. También es posible que queramos pintar desde arriba, o que no nos podamos sentar. Entonces nos pondremos de pie, cogeremos el cuaderno con una mano, a modo de atrio, y pintaremos o dibujaremos con la que queda libre.

Hay sketchbook con forma panorámica, horizontal, que son los que mejor se adaptan para ciertos paisajes de campo o marítimos, aunque en ocasiones, como la que ilustra este artículo, me gustan los tamaños algo más cuadrados, de modo que quede papel suficiente para poder escribir.

El sketchbook no sirve sólo para plasmar espacios, imágenes o el mundo que nos rodea, para el artista todo es motivo de creación. Hay artistas plásticos, o aficionados, a los que no sólo nos gusta la imagen, sino también la palabra. Para ello, la elección de nuestro cuaderno de bocetos será fundamental. Soy escritora.

En los ratos de tranquilidad, en vacaciones o cuando salimos intencionadamente a pintar al exterior, muchas veces nos sobrevienen ideas. Puede ser una frase sin mucho sentido, una reflexión, la descripción personal de una imagen. Todo quedará reflejado en nuestro diario plástico.

<alt="Malasaña Madrid Calle del Espíritu Santo"/>
Sketchbook - Madrid - Malasaña
Macarena Márquez Jurado
Texto. Pag. Izquierda

Iba de paseo por Malasaña, bajaba por la calle Espíritu Santo, al llegar a la de Santa Lucía me encontré con este esquinazo. Ahí paré. Se acababa de disparar la creatividad. Era un edificio azul sobre un cielo azul de los intensos. Abajo estaba anocheciendo. Arriba aún era de día. Un verdadero lío de luces y de azules.

No había banco. No había silla. Así que esbocé de pie, abriendo las líneas hacia arriba, exagerando la inclinación para reflejar mi situación de calle. Tuve que hacer un esfuerzo para comprender qué era más azul, el cielo, el edificio, o la atmósfera de la calle, a donde la luz ya casi no llegaba. Eso de que abajo sea casi de noche y arriba aún de día es algo que me encanta y que se da en las ciudades. 

Fijé la luz y los colores in situ, con pinceles de agua que llevo cargados, y escribí con un rotulador metálico. 

<alt="Pincel con cargador"/>
Pincel con cargador

Rotulador Metálico Staedtler

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Fijé la luz y los colores, ese momento. Rematé líneas ya en casa. Me quedé sin luz. Ni abajo, ni arriba.

<alt="Urban Sketch Madrid"/>
Sketchbook - Madrid - Malasaña
Macarena Márquez Jurado
Página derecha


Pero la luz se ha quedado en el cuaderno. Se trata de otra luz y otros colores que los que aporta una o un millón de esas fotografías de las que llenan de bytes nuestros teléfonos. La fotografía es un arte que también me encanta y que me ayuda a la hora de enfocar o de llevarme paisajes cuando no voy con cuaderno. Esto es otra cosa.

<alt="Calle Espiritu Santo Madrid Acuarela"/>
Sketchbook - Madrid - Malasaña
Macarena Márquez Jurado
Detalle

Sinceramente, si solo hubiera disparado veinte fotos, que es lo que solemos hacer, esas fotos hubieran caído en el olvido porque casi todas las esquinas de mi ciudad, Madrid, tienen vida, arte, más vida, energía. No pararía de fotografiarla. Pero eso no es lo que quiero. Sobran fotografías rápidas. Y faltan instantes o luces detenidas. 


Hablamos de slow life, slow travel o slow cooking. Empecemos a hablar de slow art.

Esta esquina en concreto no se me va a olvidar nunca, porque, además, no quiero hacerlo. No sé de quien será este cuaderno cuando ya no esté en el planeta. Quien quiera que sea, no tendría la foto, y tampoco ese punto de vista parado en el tiempo en el que algún día yo estuve. Espero despertar la curiosidad de esa persona que lo herede y que se dé el paseo por Malasaña en busca de la casa. A lo mejor pintan las fachadas de otro color. También espero que no lo hagan, porque es preciosa así, y supone un alegre reto contra los azules de los cielos madrileños, esos de los que nunca quiero alejarme y a los que siempre echo de menos cuando no estoy.

El sketchbook es cuadrado, de 19 x 19 cms. y gran calidad: 300 g/m2, 100% algodón, libre de ácidos. Está encuadernado con las tapas de piel sintética, es de la marca Viviva. Y en honor a la marca, espero que viva. Ahí quedará.

Así quedó al completo:

Sketchbook - Madrid - Malasaña
Macarena Márquez Jurado
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En otro artículo hablaré de otros cuadernos de bocetos, de otros bocetos que nada tienen que ver con los paisajes, otras experiencias.

 

Macarena Márquez Jurado

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Rotuladores acuarelables. Water Colour Marker.

 © Macarena Márquez Jurado

En este artículo se explica cómo utilizar los rotuladores acuarelables. Para ello se utilizan ejemplos claros de modo que, cada uno pueda elegir cuándo o cómo utilizarlos; saber, si quiere incorporar todos, algunos o ninguno a su maletín de acuarelista.


Lo primero que quiero expresar es que, cuando nos disponemos a llevar a cabo una acuarela, no siempre nos tenemos que ceñir a un solo material. Imaginemos que iniciamos un boceto sobre papel. Podemos utilizar solo un tipo de acuarela en toda nuestra composición, o mezclar varios tipos. Voy unos días a la montaña, en concreto a una estación de esquí. Pinto varios bocetos de personas en movimiento sobre fondo nevado y diferentes cielos. Puedo utilizar acuarela en tubo para la figura y decidir pintar el cielo con rotulador acuarelable.

Para tomar estas sencillas decisiones del día a día de cualquier pintor, antes hay que conocer materiales y hacer pruebas con ellos.


<alt="Rotuladores Acuarelables para bocetos"/>
Figura 1
Esquiador. Rotuladores Acuarelables.
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Teoría sobre cada material hay mucha, y es muy importante. No me voy a cansar nunca de decir que el que no conoce materiales y texturas, quien no experimenta con ellos, difícilmente puede crear algo diferente, innovar, o sencillamente dar forma a lo que hay en su mente. Eso no quiere decir que tengamos que utilizar todo cada vez que pintamos. La creación de materiales nuevos avanza a un ritmo tan vertiginoso como toda la industria planetaria. Debemos probar lo que se innova o se recrea, al menos algunos elementos, siempre en la medida de nuestras necesidades. Al experimentar con lo novedoso, puede que nos enamoremos de algo y añadamos ese material a nuestra mochila de acuarelista.

A mí me sucedió con los Rotuladores Acuarelables para pintar ciertos cielos. Y lo tengo incorporado a mi maletín cuando voy de viaje o salgo al exterior.


El nivel de pigmentación de estos water colourmarker es alto como se puede observar en la figura 2. En este caso, para pintar un boceto rápido en el que el suelo es nieve, es el propio pigmento azul el que marca la línea de horizonte de la nieve.

<alt="Cielos con acuarela"/>
Figura 2
Detalle cielo. Rotuladores Acuarelables.


Yo utilizo un set de 6 de la marca Winsor&Newton para superficies medianas o  grandes, sin olvidar otras marcas de las que hablaré en otro momento. Es cómodo de llevar, viene en una caja que me recuerda algunas vintage que hicieron historia. Son estos. A continuación dejo explicado cómo los utilizo.


Set de 6 Rotuladores Acuarelables  Winsor - Newton


Tienen dos puntas, una que se puede utilizar como pincel directamente, y otra para remarcar, o delinear. Estamos hablando de un material inteligente. Para no dudar, para no machacar las puntas, los tapones están diseñados ad hoc. Esto es, tanto la punta a pincel como la fina están diseñadas para que las podamos distinguir y no machacar, una es con forma apuntada -la fina- y la otra es de base plana - el pincel -.  


Rotulador Acuarelable Winsor - Newton
Dos Tipos de Punta
Diseño inteligente con dos tipos de Tapón para no confundir
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Hay varias formas de utilización. 

Imaginemos que salimos a pintar al aire libre, es muy cómodo llevarlos. No ocupan, son rotuladores. Podemos llevar nuestro pequeño bote de agua y aplicarlos de múltiples formas.

Rotulador Acuarelable Winsor - Newton
Formas de utilización
1- Rotulador directamente sin agua
2- 1º Rotulador y después aplicar agua
3- 1º Agua y después aplicar rotulador

La primera, directamente pinto sobre una lámina plástica y añado agua. Con esa mezcla pinto en mi cuaderno de bocetos. La segunda, pinto directamente sobre mi cuaderno de bocetos y después añado agua, a todo o a algunas partes de la composición. Y la tercera, doy una pincelada de agua en mi cuaderno y después pinto con el rotulador azul, sin ejercer excesiva presión sobre el papel.


Personalmente me gusta esta tercera forma, y es la que he aplicado en el cielo de este boceto. Dibujé la línea de horizonte. Apliqué agua con el pincel sobre el cielo, y después, con la punta gruesa del rotulador, sobre húmedo, describí varios trazos. Lo dejé actuar. Y este es el resultado.

Esa es la magia, experimentar. Nunca se sabe del todo qué va a suceder cuando lo que pintemos esté seco. Hay que probar mucho y dejar hacer a nuestros materiales. En este caso he trabajado sobre un papel nada poroso de grano fino, un cuaderno de bocetos.

Aquí dejo una muestra de lo que explico. Particularmente me gusta más aplicar antes el agua, pero todo es cuestión de gustos y depende no solo del momento y circunstancia, sino también del objeto de nuestra acuarela. En trabajos de ilustración o diseño, casi siempre utilizaré el rotulador acuarelable directamente sobre el papel. 

En cuanto a las firmas, en este caso he utilizado un rotulador metálico dorado. Me encantan. Como siempre digo, la firma es parte de nuestro dibujo, es un dibujo que forma parte de nuestro dibujo valga la redundancia. Es pintura. Además, es composición siempre que así lo deseemos. En este caso he puesto a esquiar las letras. Ese juego creativo es algo que recomiendo.  

Figura 4
Detalle Firma. Rotuladores Acuarelables.
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Se me olvidaba algo. Por tratarse de tintas al agua, no tenemos esa sensación de olor poderoso de los rotuladores de tinta permanente. Estos últimos también me encantan, pero para otras cosas, y, además, esto es un blog de acuarela.

 

 

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La montaña de Cézanne que Picasso amó: Sainte-Victoire.

En el verano de 2021 fui a comprobar la fascinación que Cezanne sentía por la montaña Sainte-Victoire, hechizo que llevó a Picasso a comprar parte de su ladera norte. Desde el Atelier de Cezanne en Aix en Provence, hice este boceto con acuarela, del que dejo la realidad actual de la panorámica, y dos fases. La acuarela, al final, es un medio. Se puede pintar en todas las claves artísticas con ella.  


Materiales de campo


A partir de la última década del siglo XIX, Paul Cezanne pasará la mayor parte de su tiempo en Aix, en la Provenza francesa, lugar en donde nació. Cautivado desde niño por su lugar en el mundo, ya no saldrá de allí hasta su muerte, salvando algunos viajes. A propósito de su fascinación por este macizo provenzal, escribió a su amigo, el escultor Philippe Solari, en carta fechada el 23 de Julio de 1896: Quand on est né là-bas, c'est foutu, rien ne vous dit plus (Cuando has nacido allí, no hay nada que hacer, nada te dice más)


La montaña de Sainte-Victoire sería su fuente de inspiración, de donde brotarían numerosas composiciones. Cezanne siempre supo que lo importante de todo arte no es el motivo, sino sus variaciones, las infinitas vertientes con que se encontraba cada vez que, acatarrado, miraba con ojos de artista aquel imponente macizo de mil metros de altitud. Conocía macizos montañosos mucho más elevados, pero ése era el suyo.



<alt="Pintar paisaje"/>
Mont Sainte-Victoire desde el Atelier de Cézanne. Aix-en-Provence.
Acuarela sobre Sennelier: Macarena Márquez
 Agosto de 2021


<alt="Macuarela Pintar paisaje Fase 1"/>
Mont Sainte-Victoire desde el Atelier de Cézanne. Aix-en-Provence.
FASE 1 Acuarela: Macarena Márquez
 

<alt="Macuarela Pintar paisaje Fase 2"/>
Mont Sainte-Victoire desde el Atelier de Cézanne. Aix-en-Provence.
FASE 2 Acuarela: Macarena Márquez
 


<alt="Fotografía Macarena Márquez Mont Sainte-Victoire Aix en Provenza"/>
Mont Sainte-Victoire desde el Atelier de Cézanne. Aix-en-Provence.
Fotografía: Macarena Márquez. Agosto de 2021

Mont Sainte-Victoire. Paul Cézanne.
Date: ca. 1902–6. Medium: Oil on Canvas. Philadelphia Museum of Art.


La fascinación por esa montaña, con sus luces y sus sombras, bajo diferentes estaciones y temperaturas, sometida a alternantes grados de humedad, no fue cosa de sus últimos años de vida, en que la diabetes parece que hizo estragos modificando su talante. Ni tampoco de sus problemas. Ni siquiera fue motivada por el lógico aislamiento que requería para desarrollar su arte. Los introvertidos extraen su energía del universo interior, no del mundo exterior. Aunque no por ello es necesario que tengan sus capacidades sociales mermadas. Menciono esto porque Cezanne tenía fama de misántropo. La misantropía puede resultar un tópico, algo que se achaca a muchos artistas y que en este caso formó parte del mito. Hay algo de ello, pero no sólo en Cézanne, más bien en todos los artistas, que demandan tiempos en soledad para desarrollar su magma interior. Calificar a todos de misántropos es un recurso literario que se adecua bien a cualquier prototipo y que forja la leyenda, lo que no denota un reflejo fidedigno de la realidad artística y sus protagonistas.

 

Lo cierto es que, a fuerza de decepciones, Cezanne acabó convirtiéndose en aquello que decían de él. Pero sucedió al final de su vida.

Como muy bien expresó Emile Bernard, pintor postimpresionista que conoció y admiró a Cezanne en su paisaje y escenario: “fue un corazón que conoció y una naturaleza que amó. Cualquiera que sea su afecto, quizás hoy mayor por el hombre que por el artista, describiría su carácter desigual, raro, atormentado, cuyo fondo era la bondad, aunque al final la misantropía terminara por dominarlo, como ocurre generalmente con quienes solo han encontrado la malicia, el interés y la maldad en el mundo”. El texto está recogido en: Recuerdos de Cézanne y cartas inéditas. Traducción de Antonio Lastra y Raúl Miranda. Al final del artículo he reseñado una pequeña bibliografía para quien quiera ampliar sus conocimientos sobre Cezanne y su espacio geográfico, un lugar que es punto reverenciado por sus estudiosos y seguidores.

Según la semblanza recogida por Bernard, podemos decir que sí, que acabó sumido en la misantropía, pero otras personas que también lo conocieron, aseguraron que el maestro de maestros fue un hombre proclive a la charla, a la enseñanza de su sabiduría, al contacto con la gente en los cafés de Aix.

De todas estas contradicciones se deduce que todo depende de aquel que nos mira. Y también puede ser que realmente Cézanne fuera a los cafés, se tomará el café -y lo que no fuera café- con quien fuera que fuese; que, a continuación, se sumiera en su mundo; que no le importara cuanto le decían, ni lo que le contaran, mucho menos aquellos que se lo contaban. Es común para muchos artistas que mientras hablan y tratan de escuchar, están creando. Sus mentes son diferentes. El caso es que esa montaña, pintada hasta la saciedad, ya aparecía en cuadros de la primera época.

Tan sólo hay que fijarse en su obra: El Eterno femenino (1877)


Paul Cézanne (French, 1839 - 1906)
The Eternal Feminine (L'Éternel Féminin), about 1877, Oil on canvas
43.5 × 53.3 cm (17 1/8 × 21 in.), 87.PA.79
The J. Paul Getty Museum, Los Angeles


Y ¿Qué es lo que pinta ese artista? ¿Acáso pinta a la mujer?

Únicamente hay que ser un poco observador para comprobarlo.

Cezanne se ha retratado pintando su montaña predilecta. La mujer tiene la forma de la montaña, en paralelo a la forma triangular sobre ella. El pintor mira, como todos, a la mujer. Pero pinta la montaña.

El artista que no consiguió aprobar el examen para entrar en la Escuela de Bellas Artes de París no dejaría de pintarla nunca. Y en estos términos le hablaría al joven Gasquet mientras paseaban por los alrededores de Aix y se adentraban en el sortilegio de la montaña provenzal: Por mucho tiempo carecí del poder y del saber para pintar la Sainte-Victoire. Imaginaba que la sombra era cóncava, como los otros, que no miran. Mientras que, fíjese, es convexa. Huye de su centro. Es una sombra que se evapora, se fluidifica. Participa, toda azulada, en la vibración ambiente del aire. Como allí, a la derecha, en el Pilon du Roi. ¿Ve usted? Al contrario que la claridad, se mece húmeda, espejeante. Es el mar... Eso es lo que hay que expresar. Eso es lo que hay que saber. Ése es el baño de ciencia, podríamos decir, en el que hay que sumergir la placa sensible propia. Para pintar bien un paisaje, debo descubrir en primer lugar las capas geológicas y huir de todo realismo en los detalles, que sólo agrada al gusto burgués.

Cézanne llegaría a pintar su montaña hasta 80 veces.

Años después, Picasso, que amó hasta la saciedad el arte de Cézanne, le diría a Brassai: “¿Cézanne? ¡Fue mi único maestro! Sus cuadros me han acompañado durante toda la vida. He pasado años contemplando sus cuadros. He pasado años estudiándolos”.

Y ¡tanto que lo contempló, lo estudió y lo admiró! Un día llamó a Daniel-Henry Kahnweiler, su marchante a partir de 1912, y le dijo: “Me he comprado la Sainte-Victoire”.

Kahnweiler, sabiendo que Cézanne había pintado decenas de cuadros de esta montaña, le preguntó al artista: “Pero ¿Cuál de ellos?” A lo que Picasso contestó: “La de verdad”.


Picasso compró 1.100 hectáreas de monte, en la ladera norte, castillo y título de marquesado incluido: Vauvenargues. Huyendo del alboroto de Cannes, quería vivir la misma obsesión que Cezanne: Mirar su montaña, vivir su montaña, pintar su montaña, oler su montaña. Amar a los pies de su montaña. Dijo de Cezanne: “Es el padre de todos nosotros”.



Château de Vauvenargues
Vauvenargues

El más internacional de los artistas españoles sigue allí. Al pie del macizo Sainte-Victoire, enterrado en el jardín del Château de Vauvenargues. Junto a Jacqueline, su última mujer, cuarenta y ocho años menor que él, con quien se casó. Rodeado de cedros.

 

Bibliografía:

  • Gasquet, Joachim. Cézanne. Lo que vi y lo que me dijo. Gadir Editorial, S.L. 2005.
  • Bernard, Emile. Recuerdos de Cézanne y cartas inéditas. Traducción de Antonio Lastra y Raúl Miranda. Del original:  Souvenirs sur Paul Cézanne et lettres inédites. 1907.
  • Arias Serrano, Laura. Las fuentes de la historia del arte en la época contemporánea. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2012.
  • Brassaï. Conversaciones con Picasso. Aguilar, 1964.
  • Rewald, John. Cezanne. A biography. Abradale Press Harry N. Abrams, Inc. New York, 1990
  • Penrose, Roland. Picasso. Su vida y su obra. Argos Vergara. Barcelona, 1981.

 

 

<alt="Sainte-Victoire desde el atelier de Cezanne www.macuarela.com"/>
Sainte-Victoire
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Albaicín de noche - Urban Sketcher Granada - Slow Travel

Albaicín de noche

Urban Sketcher Granada - Slow Travel

© Macarena Márquez Jurado – www.macuarela.com

 

Granada de noche y primavera. Con o sin cuaderno uno pinta. En el instante o al instante o muchos instantes después de los instantes.


No sabría qué decir sobre pintar en Granada, o sobre Granada. Cualquier rincón, calle o plaza recreado supone una especie de profanación. En el caso granadino lo mejor es la realidad, que en su caso no está compuesta sólo de espacios y luces, sino también de tiempos. De olores, sabores, texturas y sonidos que se pueden coger. Por ello, al pintar en Granada podremos reflejar la exclusiva realidad. O un instante. Si optamos por la primera opción, será difícil igualar, y mucho más arduo aportar algo sin estropear. Si por el contrario intentamos pintar un instante, nos habremos salido de sus calles y sus cuestas, de sus jardines. Y quizá nos reencontremos con algo que nos dejó cuando ya no estábamos allí.


<alt="Plaza de San Miguel Bajo"/>
Granada - Plaza de San Miguel Bajo
Soñé que pintaba. Macarena Márquez. Acuarela sobre Fabriano.
 

En cualquiera de los casos, es una tarea diferente. No es lo mismo pintar un paisaje, la naturaleza en estado puro, que la naturaleza doblegada de las ciudades. Tendré detractores por decir esto, pero siempre prefiero el último caso. En este concreto de Granada, la ciudad supera y trasciende la naturaleza. E incluso la encierra y la enfoca entre muros de adobe y adarves.

 

La primera vez que fui con la intención de plasmar algo, lo hice una pequeña libreta en donde esbozaba pequeños deslumbramientos que tenía cada vez que doblaba una calle o me adentraba por un jardín, en el instante en que me paraba en la puerta de un carmen a escuchar la algarabía de agua, pájaros y chasquidos de cosas. Al final, escribía más que pintaba, pensando que cuando llegara al estudio sería capaz de extraer algo de todo aquello que poco a poco me iba superando desde todos los puntos del espacio y dimensiones científicas y por descubrir. Me iba quedando atrás. Y esbozaba o lo intentaba. No es lo mismo pintar a partir de una foto que pintar in situ. El movimiento Urban Sketcher tiene un sentido que a mí me gusta y me parece original. Y es que el tiempo es otro. Uno se detiene y trasciende lo que pinta, entra en esa dimensión retomada en la actualidad como contrapartida a la velocidad de nuestras horas, que se denomina “movimiento slow”. Frente a la fast food o comida rápida, la slow food o comida lenta. Este movimiento se inició en Italia a fines de los ochenta unido al de Cittá Slow. Y lo mismo sucedió con el turismo lento. La escritora de viajes Nicky Gardner decía que la velocidad destruye la conexión con el paisaje. Y tenía razón. Hay un turismo que está concebido como turismo de supermercado, de grandes superficies. Se consumen ciudades y “sitios que ver” como se consumen horas de televisión. No hablo de la buena televisión.

 

Ese concepto casi filosófico del viaje o turismo lento -que me encanta-, en Granada es algo que tiene lugar sin querer. El Paseo de los Tristes no es para seres estresados ni para apagar fuegos. En cuanto a los vericuetos de boj de La Alhambra no están hechos para correr. En el Albaicín, lo mejor es subir lentamente, y bajar aún más lento, haciendo una parada en la Placeta de San Miguel Bajo siempre que se pueda. Por la tarde. Sin prisa. Si tenemos la suerte de poder sentarnos, mejor.

 

Allí se encuentra la iglesia de San Miguel Bajo, de estilo mudéjar, que se asienta sobre los restos de una antigua mezquita árabe de la que queda el aljibe, y cuya fachada es un compendio de sencillez artística. De noche, sus muros encalados parecen tener luz. Uno se sienta por allí y espera a tener sueño. Y si el sueño no llega, sencillamente espera y después se va escuchando los susurros y pisadas de los últimos en recogerse, que en Granada siempre son bastantes, y bastantes más que los primeros.


Plaza de San Miguel Bajo - Granada
Junio de 2018
Macarena Márquez - www.macuarela.com


 Siguiendo con el turismo lento, y dentro de esa línea de lentitud a la que me refería, habría que hablar también de pintura y bocetos lentos. Es conocido por cualquier artista que podemos pintar a partir de los trillones de fotos que sacamos cuando vamos de viaje. Podemos recrear en lienzos o cuadernos de forma compulsiva. Esa forma de pintar también describe el pálpito de un artista: el borbotón. Cualquiera de las artes tiene instantes que son veloces y muy intensos. Con todo, también hay momentos y lugares que te paran, en los que la voz del tiempo reclama tu atención para que observes, para que contemples, racionalices, y después te abandones. Granada es una ciudad que está hecha de instantes veloces muy intensos en lo que a arte y expresión artística se refiere. Son instantes de captación que conllevan grandes frenadas, instantes en los que no se puede hacer otra cosa que parar. En el caso de los Urban Sketcher, aprendices o artistas avezados, no quedará otra salida que la de reducir la belleza a líneas, sintetizando todas las longitudes de onda de los colores en dos o tres. La sensación en un lugar como Granada es la de que, con gran humildad, tenemos que comprimir los instantes, la belleza. Como en las buenas partituras, en donde notas y tiempos son colocados de forma perfecta hasta reflejar algo. Y eso como mucho. La mayoría de las veces, ante bellezas grandes, el artista, o da un salto al vacío y rompe con la realidad, o estropea. Creo que la mejor forma de reflejar Granada sería en clave cubista, en clave Fauve, abstracta. Pero nunca realista.

 

Aquí os dejo este instante recreado. Es un boceto más literario que plástico. No pude pintar in situ porque todo resultaba un verdadero estropeo. Era de noche y había una luz granadina de junio. Esbocé. Después soñé que pintaba eso que vi. Y volví a esbozar. Es lo que veis. No se trata exactamente de un urban sketch. Estuve allí, sí. Y esbocé allí. Y rompí. Lo que veis es que soñé que pintaba. Se trata de una recreación pintada de noche sobre una noche concreta, con toda la redundancia de la frase. Ahí dejé mi caballete dentro del esbozo. Y ahí sigo en un instante de junio, tan lento que quedó parado entre mis instantes robados ¿O arrobados?

 

Para suerte mía, el instante se coló. Y se quedó.

 

Material empleado:

Cuaderno de bocetos: Fabriano

Acuarelas en pastilla: Caja de 12 unidades

Pinceles:

Redondos del 2, 4, 6

Lápiz: Portaminas 2HB

Goma de borrar de miga de pan


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